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NOCHE DE LUNA

Vasil Popov

web

Desde el porche, Yaya Nedelia vio cómo Dacho devolvía al establo las cinco ovejas, cómo daba una vuelta por el patio, regresaba a casa y de nuevo recorría el patio y entraba después en la casa. El porche era oscuro, como oscura era toda la casa de Yaya Nedelia, y a Dacho le daba miedo mirar de esa parte, hacia la casa de la Yaya. Hacía un tiempo que ni él ni su mujer nunca miraban para ese lado.

Yaya Nedelia sonrió en la oscuridad. Estaba sentada sobre el arcón como un gato, abrazándose las piernas. Antes se sentaba aquí la gata, pero Yaya Nedelia la echó fuera y se quedó con su sitio sobre el amplio arcón bajo. Y ahora Yaya Nedelia sabía que la gata no tenía un pelo de tonta - desde aquí se veía todo el patio de Dacho, su casa, su cocina de verano y su retrete recién pintado y entejado, y más allá el puente colgante, que Dacho había construido fuera de su tapia, aún más allá el cauce seco y los sabucales y por encima de ellos las casas apiñadas, y a la izquierda del camino, se veía más o menos la mitad del pueblo. No era tan estúpida esta gata.

Había luna. Los tejados de las casas, el camino y también el cauce seco estaban iluminados, y de la luna fluía una luz blanca y difuminada que se dispersaba sobre la hierba, sobre los secanos y las sombras. Cuando había luna, Yaya Nedelia nunca dormía. Tampoco los demás días dormía apenas; de día se sentaba en el cementerio, miraba quién venía por allí y quién no venía, andaba por entre las tumbas y cada vez elegía un lugar diferente para sentarse. Cuando no venía nadie, pasaban pájaros y picoteaban migas de pan y granos de su mano ya seca y renegrida. El silencio reinaba en el cementerio. Aunque se encontraba cerca del pueblo y todo el mundo pasaba o volver del campo, muy rara vez se oían voces humanas o sonidos de coches. Aquí había otro bullicio, otros sonidos y Yaya Nedelia venía por ese motivo. Surgían de ella misma y ella los escuchaba como si sonasen a su alrededor. De sobra sabía que salían de ella misma y por eso se preguntaba si de verdad había vivido alguna vez, y si este pueblo de veras había existido, y esa gente que quedaba tan poca. Ella no hablaba con los muertos, como decían en el pueblo; ella hablaba consigo misma, que en ella no todo estaba muerto. Lo muerto se animaba aquí, en el cementerio y si alguien venía por aquí, se asombraba al ver sus ojos verdes tan jóvenes, que centelleaban incesantemente con vida.

Para ella no había gran diferencia entre los vivos y los muertos. Dacho estaba también muerto, aunque cada día iba al taller o a algún trabajo en el campo, si no tenía que cortar tablones. Y cuando discernía desde el porche cómo se movía Dacho, cómo daba pienso a las ovejas o hablaba a su mujer, sin volverse hacia este lado, él seguía siempre muerto. Pero no era de Dacho, sino de sí misma, de quien cuidaba Yaya Nedelia. Ella lo llevaba en su interior, junto con todos los demás vivos y muertos de su pueblo y de su interminable linaje. Ella había envuelto en pañales a casi toda la gente del pueblo, había ayudado a nacer a todos, quizá con la excepción del centenario Abuelo Dimitar. Por eso no hacía muchas diferencias entre el útero de la mujer y la tumba abierta, porque había acogido y enterrado a todo el mundo. Breve es la senda que recorren los nacidos de mujer; por eso ella no los diferenciaba mucho, aunque conociera hasta el último detalle la vida de cada sendero humano.

En este momento había luna, que irradiaba una luz difuminada sobre todo el pueblo. Todo el mundo estaba durmiendo. Las mujeres yacían sobre el lecho, junto a sus maridos profundamente dormidos. Las niñas pequeñas tenían pesadillas y lloraban en su sueño; pero eso había sido antes, cuando en el pueblo todavía había niñas. En este momento las mujeres ancianas yacían sumidas en sus sueños, porque ellas también eran niñas y continuarían así para siempre.

Yaya Nedelia se retiró del arcón. Se quitó también la ropa y la dejó en el porche, se deslizó fuera de la casa y salió al patio, desnuda, totalmente desnuda, suelta su cabellera cana. Su cuerpo pequeño y arrugado echó a andar sobre la pálida hierba, enteramente emblanquecido de repente, totalmente etéreo. Poco a poco se fue apresurando. Sus pasos se hacían más fuertes y ágiles, sus brazos se despegaron de su cuerpo y se agitaban en el lechoso aire de la noche.

Mirando la luna, Yaya Nedelia se puso a mecerse y a bailar, dando vueltas al patio, y de vez en cuando se inclinaba ligeramente para erguirse de nuevo sonriente e iluminada. Ella oía sus propios sonidos, que la acariciaban, atravesaban su cuerpo; ella echaba la mano para atraparlos y guardarlos, pero se le escapaban. Volvían y giraban a su alrededor, la rodeaban como serpentinas blancas. Se echó a reír, al principio suavemente, después más alto, y al fin prorrumpió en unas carcajadas penetrantes que envolvieron el pueblo blanco y dormido.

- ¿Lo has visto? - susurró Dacho. - Pensabas que te mentía. Míralo con tus propios ojos, para que me creas.

- ¡Se ha vuelto loca!, susurró quedo el guardabosques, pestañeando.

Ambos, descalzos, estaban en pie ante la puerta de Yaya Nedelia. Miraban a través de los huecos de la puerta, escondidos en su sombra.

- Parece que la haya poseído el diablo, dijo Dacho sin despegar el ojo del hueco. ¡Puf, nunca he sentido tal vergüenza! Dime ahora, Guardabosques, tú eres del Partido y entiendes de estos asuntos. ¿Qué puede significar esto?

- ¿Cómo puedo averiguarlo? suspiró el guardabosques. Está loca como una cabra. Nunca he visto una anciana desnuda. ¡Mira, mira, lo que hace!...

Yaya Nedelia saludaba a la luna y al pueblo con profundas reverencias. Después empezó a extraer algo de sí misma, tirando con sus manos hacia arriba, hacia los lados. Nada sacaba y nada tiraba, sólo hacía tales movimientos. Ambos se quedaron paralizados tras los huecos de la puerta. Extrajo algo de sí misma y paseó lentamente con expresión seria, reflejando un dolor tan profundo que los corazones de ambos se encogieron de lástima. Subió la escalera y empezó a vestirse. De nuevo se encaramó al arcón y se acuclilló como un gato con las piernas abrazadas. Llegaron a ambos, desde el porche, unos acongojados sollozos.

Se deslizaron silenciosamente junto a las tapias y torcieron hacia el puente sobre el cauce seco. Pararon descalzos bajo la sombra, no se atrevían a mirarse a los ojos. El Guardabosques se agachó y se sentó bajo el pretil del puente de madera, meciendo los pies descalzos por encima del cauce seco. Dacho también se sentó así a su lado, meciendo sus pies. El puente se balanceaba suavemente. Ambos recordaron que de niños siempre se sentaban así por las noches, mecían las piernas, hablaban y se asombraban del mundo tan grande que los esperaba. Apenas recordaron esto, se miraron a los ojos y vieron que nada quedaba de aquellos niños. Vieron unos rostros totalmente diferentes y unas miradas diferentes. El Guardabosques encendió un cigarrillo y arrojó la cerilla al cauce seco. Al inclinarse, su pistola golpeó contra el puente.

- Como si me estuviera manchando de todo - dijo. Me da vergüenza mirarme.

- Yo también siento vergüenza de mirarme - replicó Dacho. Pregúntame cómo me siento al ser su vecino. No me atrevo a mirar para allá. Ha salido al patio y yo no me atrevo a mirar para ese lado, hacia el porche.

- ¿Por qué me llamaste entonces? - dijo acalorado el Guardabosques. - ¡Estaba tan a gusto durmiendo!

- No lo creías, ¿verdad? - dijo Dacho -Y ahora, dame alguna explicación de estos hechos.

- ¡Pero ella parece una cabra vieja, Dacho! se quejó el Guardabosques. Uf, hubo un momento que me dieron ganas de sacar la pistola. ¡Eee, si va a molestarnos mucho tiempo, hermano! Debemos tomar medidas.

- ¿Qué medidas vas a tomar, si puedo preguntar?

- Pues, que te diría yo... Que voy a llamar una ambulancia de la ciudad para que le hagan un examen médico. Incluso sin eso, cuando voy a la ciudad me miran como si estuviera enfermo de peste. El Secretario del Partido va a fruncir el ceño y va a decir: “¡De nuevo habéis hecho una locura por allí! Estoy hasta las narices de ocuparme de tu pueblo”. ¡Es que no se da cuenta de que yo también harto! ¡Que venga él por aquí y veremos cómo va a entenderse con vosotros!

- Nos arreglaremos solos, dijo con pesadumbre Dacho. ¿Es que hay tanto que arreglar?

- No cuchichees tanto, alzó la voz el Guardabosques.

- Yo no cuchicheo. Vosotros haced algo y ocupaos de la Yaya, que las demбs mujeres se nos van a contagiar. Imagнnate sуlo, Guardabosques, que nuestras mujeres tambiйn empiecen a bailar desnudas.

- Si la mía saliera, le pegaría un tiro, dijo bruscamente el Guardabosques. Se calló; se acordó de que su mujer estaba enferma y no podía alzarse de la cama, y se avergonzó. Arrojó la colilla al cauce seco. Dacho mecía las piernas e imprimía un balanceo a todo el puente. Bostezó; se sentía a gusto columpiándose en su propio puente.

- Este puente lo hice yo, Guardabosques, añadió con orgullo. El antiguo puente lo destruyó una avenida y éste, sabes, ¡lo hice yo! ¡Un auténtico puente colgante!

- Lo sé, ¿pero qué más da?

- ¿Qué? ¿Por qué no haces tú un puente para que pase la gente por él y entonces puedas presumir con tu pistola? Tú piensas que con la pistola, vas a arreglar el mundo. Si es así, ¿por qué no matas a la Yaya Nedelia y se arregla todo? Pero ella es una persona viva, nada va a arreglarse con una pistola.

- Te he dicho que no cuchichees tanto. Toda tu familia es como tú, de nuevo alzó la voz el Guardabosques.

- Oye, Guardabosques, se ofendió Dacho, tú deja en paz a mi familia porque tú también formas parte de ella. No olvides que somos primos lejanos por parte de tu madre.

El Guardabosques no respondió. Se salió del pretil y se puso de pie sobre el puente de Dacho. También Dacho se puso de pie sobre su puente y sonrió orgulloso y feliz. En este momento le parecía increíble haberse asustado de Yaya Nedelia. Si ella quería bailar desnuda, si quería sentarse sobre el arcón, a él le importaba un bledo. El Guardabosques le dijo:

- Mira, Dacho, no hables mucho por ahí de este asunto y mañana a ver qué hacemos.

- No te preocupes, primo, respondió Dacho sonriendo. Estate tranquilo, a mí sólo me interesa mi trabajo y nada más.

El Guardabosques pronunció algo ininteligible y echó a andar hacia lo alto. Dacho, sonriente, se marchó a casa y se acostó. La desnuda Yaya apareció ante sus ojos, pero el sueño se la llevó rápidamente hacia abajo, hacia un lado. El sueño se alejó reptando de él, y al llevarse de sus ojos cerrados todas las imágenes, lo dejó yaciendo en medio de la nada.

Yaya Nedelia estaba sentada sobre el arcón. Oyó los pasos del Guardabosque, pero no le prestó atención. En un tiempo lo había envuelto en pañales, al otro lado. Y él estaba muerto como los demás, aunque en este momento anduviese descalzo en la oscuridad. En ese preciso momento el Guardabosque estornudó y siguió caminando, frunciendo el ceño y pensando en su destino futuro.

Pero ella no tenía destino. Ella tenía una enorme luna, llena y alba, un pueblo oscuro sumido en el sueño, y dos ojos verdes. Ahora, acuclillada sobre su arcón, se despedía de los sonidos. La estaban abandonando, para regresar de nuevo en algún momento, para llevarla afuera sobre la hierba pálida y hacer bailar su extraño cuerpo, sus carnes cansadas y arrugadas. Yaya Nedelia se despedía de los sonidos después de haber reído y llorado con ellos. Mañana iría al cementerio donde la esperaban otros sonidos. Así, reseca, cansada e inmortal, con ojos verdes y alegres, andaba ella por su sendero entre unos sonidos y los otros, entre el cementerio y el pueblo, entre los vivos muertos y los muertos muertos.

 

 

© Vasil Popov
© Rada Gankova - translated
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© E-magazine LiterNet, 26.05.2004, № 5 (54)